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  • Foto del escritorLeonardo Avritzer

Éxito político y fracaso económico: los 40 años de la democracia argentina



Argentina tiene una trayectoria singular cuando hablamos de las democracias sudamericanas. Habiendo tenido una transición por colapso vista, en aquel momento, reticentemente por cientistas políticos, Argentina tuvo diversos gobiernos exitosos con respecto a una lógica de construcción democrática. Su primer gobierno se diferenció de los demás países recién democratizados en la región por colocar en su centro, el juzgamiento de las graves violaciones a los derechos humanos (Jelin e Abós, 1987).


Sin embargo, el fin del primer gobierno ya puso en agenda una cuestión que puede ser considerada la síntesis de la historia argentina, el descontrol de la economía y la crisis inflacionaria. Este parece ser un buen resumen de la democracia argentina en estos 40 años: éxito político y fracaso económico. La elección de 2023 puede significar el fin de esa trayectoria.

Los primeros gobiernos argentinos posteriores a su transición democrática fueron marcados por dos fenómenos, una vez más desde el punto de vista comparado: la ausencia de una nueva constitución, formato adoptado por diversos países sudamericanos, como Brasil, Perú, Bolivia, entre otros, y un ciclo perverso entre gobiernos peronistas y no peronistas que impidió que estos últimos completaran sus mandatos presidenciales.


El primer gobierno peronista exitoso, el de Carlos Menem, creó condiciones para una solución en lo que respecta a la cuestión constitucional, al incorporar durante la reforma constitucional de 1994, los principales tratados internacionales de los cuales el país era signatario (Abramovich, 2009). De esta manera, se abrió una vía de expansión de derechos que consolidó derechos civiles y permitió que diferentes gobiernos peronistas y no peronistas ampliaran sus derechos, tales como la adopción de hijos por parejas gays y la ley del aborto.


Pero, el segundo elemento, la continuidad de la tensión entre peronistas y no peronistas, conflicto ahora democratizado, renovó aquello que Guillermo O'Donnell llamó “juego imposible”. De hecho, en las primeras décadas de la democratización argentina, los gobiernos no peronistas no llegaban al final - en los dos casos debido a una fuerte crisis económica. Recién en este siglo la sucesión presidencial fue estabilizada, en 2019, colocando un punto final a la idea de que los gobiernos no peronistas no llegaban a terminar su mandato (Paruzzotti, 2023). De esta manera, se estabilizaron uno de los principales déficits de la democratización argentina.


Cuando pensamos la situación económica del país durante el período democrático, especialmente en los últimos 23 años, vemos donde residen los riesgos para la democracia. Luego del “corralito”, vino un período de recuperación económica con los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, pero en los últimos años la economía comenzó a decrecer progresivamente. Los últimos cuatro años del gobierno del actual presidente, Alberto Fernández, fueron de recesión. Como consecuencia de ese desempeño económico desastroso, los niveles de confianza en las instituciones y de optimismo con el futuro cayeron drásticamente (Iazzeta, 2023).


Las elecciones Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (P.A.S.O.) tienen una estructura diferente de las primarias americanas y, realmente, tienen en cuenta la preferencia de la población. En este caso, el favorito fue Javier Milei, un político que llegó a llamar la atención a finales del año pasado, pero parecía no tener chances de alcanzar el primer lugar debido a una mala performance en las elecciones provinciales al final del primer semestre. Milei provocó un terremoto en la política argentina al romper con los patrones formalmente establecidos (Annunziata, 2023).


Siguiendo al cientista político argentino Martín D’Alessandro, esto hizo que los peronistas, la columna vertebral de la democracia argentina tuviesen su peor resultado electoral en 80 años (D’Alessandro, 2023). Pero el terremoto no paró ahí: el voto a Milei, que no tiene gobernadores, intendentes o cualquier otro tipo de representación, es por eso mismo, un voto profundamente anti-estado y anti-institucional.


Así, Argentina corre el riesgo en esta elección de enredarse en un espiral que ya envolvió a otros países de la región, como Brasil, parcialmente recuperado de la aventura bolsonarista, Perú, con impeachments regulares y Chile, paralisado entre la constitución que no quiere y la que no es capaz de consensuar. Este es un camino que sabemos cómo comienza: con el rechazo de todas las instituciones democráticas. Sólo que no sabemos como termina.

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