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Un populista en las PASO

Vicente Palermo*


A la luz de las velas de la madrugada, siento que en momentos como este se pone a prueba nuestro temple democrático. El único triunfador de las PASO exhibe posturas, expresiones, propuestas, que de concretarlas nos alejarán todavía más de la vida en común democrática y liberal en cuyo marco la Argentina podría crecer en un capitalismo próspero y con mayor equidad. Un aspirante a presidente que ha cerrado su campaña prometiendo, por ejemplo, “derogar el artículo 14 bis de la Constitución” o explicando que “la justicia social es un robo”, nos ofrece un tenebroso anticipo de lo que podría ser su gobierno. Pero lo han votado más de siete millones de argentinos.


Los resultados electorales son siempre una ficción de la voluntad política, pero lo que quieren los líderes votados no lo es. ¿Por qué, entonces, Javier Milei puede presentarse en escena ratificando sus muy anunciadas intenciones?

Su triunfo se debe a su extraordinario mérito personal como candidato (escribí sobre esto hace ya meses, puedo decirlo ahora). Es una simpleza afirmar que Milei es una expresión del voto bronca. El liderazgo político no se limita a expresar “lo que está ahí”. Milei no fue un político hiper representativo, como tantos otros, que llenaron su boca de lugares comunes, con meramente lo que la gente quería escuchar o lo que ella misma ya decía. Como lo aconsejaban muchos consultores. Mientras la gente, naturalmente, les devolvía la gentileza reprochándoles su incapacidad para atender sus problemas. No, Milei predicó. Lo suyo en esencia consistió en construir su discurso en base a dos grandes hartazgos populares, con la inflación y con los políticos. El primer paso fue vincular, fusionar estos dos hartazgos. Hay inflación porque hay políticos. Y hay políticos sólo porque pueden vivir de la inflación.


De inmediato, Milei (o algún asesor genial que tiene) creó dos magníficas metáforas: la dolarización y la casta. No importa aquí que lo que dimana de estas metáforas sean propuestas hórridas. Sus votos no dependieron de la consistencia o viabilidad de propuestas, sino de que esas metáforas consiguieron arraigar en el corazón y las mentes de personas de toda edad, toda condición social, toda preferencia política, toda región del país, ya que de no haber podido captar esa diversidad Milei no habría conseguido avalancha de votos. La simpleza y eficacia de esa conjunción metafórica, dolarizar y eliminar la casta, fue extraordinaria. Lo suficiente como para preparar también el más temerario salto al vacío. Para ello se requería una configuración discursiva excepcional, por lo simple y por lo envolvente. Y barrer a los políticos hiper representativos y lamentablemente a aquellos dispuestos a construir su representación sobre la base de argumentaciones.


Milei, que construyó su triunfo – un liderazgo típicamente populista que recita a Benegas Lynch (h) – con muy poco dinero, sin organización propia ni aparato territorial, con muchas redes y bastante presencia mediática, en base a este acierto comunicativo, redondeó sus chances electorales gracias a algunos factores complementarios. Sí, era y es un outsider, un outsider de credenciales de economista liberal más o menos creíbles.


Pero Milei obtuvo – por ejemplificar – en Belgrano, Santiago del Estero, el 40% de votos, ¿a quién le importaban allí estas credenciales? En cambio, al día siguiente mientras asimilábamos nuestro propio estupor, pude escuchar entre amigos: “al peor gobierno de nuestra historia democrática se sigue, por reacción, la emergencia del candidato populista más feroz”. Suscribo y no creo necesarias muchas explicaciones, pero, y ¿Juntos por el Cambio qué tal? ¿La competencia interna que opuso a Bullrich y Larreta perjudicó a la coalición? No me convence; sí puede haberlos afectado el estilo encarnizado, porque facilitó la percepción más negativa de muchos ciudadanos sobre las intenciones de los contendientes (pero Larreta evitó entrar en riñas e igual se seguía hablando de “pelea salvaje”. La percepción ya venía construida de antemano). La opinión pública en democracia se establece en base a ironías: ¿compiten duro? “Ah, se creen ganadores”.


Pero si algo pesó contra JxC fue la elección del andarivel principal por el que correr: demasiado pegado al andarivel de Milei. Fue un error estratégico y los liderazgos de Juntos no pueden decir que nadie lo dijo en estos meses. Para ideas explosivas, para cambiar la Argentina a fuerza de voluntad y coraje, para duro estaba Milei, que no precisaba ni decirlo.


Juntos descuidó, así, el centro del electorado, y no alcanzó con los votantes fieles de CABA; Larreta, con su retórica de frecuencia modulada, no pudo retener a muchos indecisos de centro. Patricia agrió las mieles de su victoria con sus primeras declaraciones anoche: “Milei hizo buena elección, defendió buenas ideas”. Este tic, reiterado, desalentó votantes de ambas vertientes.

El voto popular, quizás, esté sustituyendo una pesadilla por otra, que lo será también para muchos de los votantes del propio Milei. El punto de convergencia de lo que se está denominando la “voluntad de cambio” argentina parece reunir una preferencia marcada por el decisionismo (que no tendría bases institucionales) con la convicción de que debe ejecutarse rápidamente un programa de reformas “detonantes” (o otras metáforas geniales, como dinamitar el BC y la motosierra, han adquirido una centralidad renovada). Me atrevo a decir que si siguiéramos por este camino las consecuencias serían catastróficas.


“La sociedad quiere un cambio profundo”, se repite. ¿Cuándo, en los últimos 100 años, la sociedad no quiso un cambio profundo?

*Politólogo y ensayista, es sociólogo por la Universidad de Buenos Aires y doctor en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid. Fundador del Club Político Argentino y miembro de la Sociedad Argentina de Análisis Político.

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